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La obra “La línea” se propone como una investigación artística personal en torno a la relación padre – hijo varón. Es una obra que puede calificarse como reactiva, cuya duración es definida por el usuario / espectador. La relación padre – hijo varón es la idea generadora de este proyecto. Es una temática que, particularmente, me moviliza desde lo afectivo. El nacimiento de mi hijo provocó cambios en mi personalidad, en mi visión del mundo y en mis objetivos como profesional y como persona. Provocó una revolución total. Supongo que estos cambios son inevitables y compartidos por otras personas que pasan por la misma experiencia. La relación padre – hijo varón es distinta a la relación padre – hija mujer. Cuando descubro mi “rol” como padre, y cuando trato de reflexionar sobre el mismo, encuentro que en mi comportamiento influye mi propio padre, tanto desde su accionar – me descubro pronunciando frases que él pronuncia – como desde la ausencia de acción – repito comportamientos que considero negativos y que no deseo “heredar”. También, en ese “ser padre”, se conjugan lo que “debo” ser (qué se espera de un padre, qué dice el imaginario colectivo sobre lo que es ser “padre”), lo que yo “quiero” ser como padre (cuáles son las particularidades que con que quiero embeber la relación con mi hijo), y finalmente lo que me “sale” ser. Creo que la relación padre – hijo es riquísima, y que ha sido particularmente relegada a un segundo plano a comparación de la relación madre – hijo, al menos en las artes audiovisuales. En el audiovisual fílmico, habitualmente la figura paterna se involucra cuando por diferentes causas no está la figura materna. También es frecuente la figura paterna en forma negativa, como la autoridad en oposición al hijo o como una figura ausente que provoca más penurias que gozos. Considero fundamental presentar dicha relación en forma positiva. Existen muchos elementos de “masculinidad” que se transmiten en esa relación: en cierta forma, esto implica enseñar a “ser hombre”. Algunos de estos elementos (el gusto por ciertos deportes, el ritual de la afeitada, los autos) son explotados hasta el cansancio por la publicidad, y terminan imponiéndose como estándares a alcanzar. ¿Cómo se enseña a “ser hombre”? Las recetas que nos venden, ¿son reales? Y, ¿qué pasa cuando se quiere enseñar a ser hombre por fuera del modelo impuesto?
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